LA BATALLA EN LAS ORGANIZACIONES: COMPETENCIAS VERSUS MEDIOCRIDAD

on Thursday, April 8, 2010

En estas últimas semanas mucho he escuchado la frase “uno debe siempre saber escoger las batallas que quiere pelear”; el problema de esto radica en que generalmente uno no busca involucrarse en semejante tipo de situación desgastante, pero, con frecuencia, las herencias de los actos de otros o, la propia necesidad de conseguir logros, no nos deja alternativas. Claro, también está el asunto de que si tienes a Marte pasando por tu signo, pero esa, es otra historia.

La estrategia militar ha sido siempre de obligado estudio en muchas disciplinas, una de ellas, los negocios. Más que el estudio de la batalla y los resultados, lo que se busca es entender las tácticas empleadas para alcanzar la victoria. Créalo o no, es una de las fuentes de conocimiento más extensas e interesantes para entender la naturaleza humana.

Piénselo: ¿en qué se parece un campo de batalla a un proyecto de negocios?




¿Cómo le quedó el ojo?

Bueno, pero la idea no es que usted se vista de armadura y empuñe su arco y flecha cada día que sale para la oficina. Eso no es vida y usted no tiene porque aguantarse semejante entorno vipéreo; pero, he de reconocer que en algunas etapas de la vida profesional, se abren demasiados frentes a la vez y no queda más que sacar su libreta de tácticas y disponerse a cruzar el campo minado. Usualmente estas situaciones se relacionan con una de las características más violentas y catastróficas para las organizaciones: la mediocridad.

José Ingenieros define la mediocridad como “ser eco y no voz”; otros, como estancarse entre la falda y la cima de la montaña; la Real Academia lo define como “de media calidad”; pero, creo que el mejor ejemplo conceptual sobre la mediocridad nos lo da la Parábola de los Talentos:

(Extracto)………Pero cuando se presentó el que había recibido un talento, dijo: “Señor, yo te conozco que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Y como tuve miedo, fui y escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo.”
Su señor respondió y le dijo: “¡Siervo malo y perezoso! ¿Sabías que cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí? Por lo tanto, debías haber entregado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, habría recibido lo que es mío con los intereses. Por tanto, quitadle el talento y dadlo al que tiene diez talentos.

Es claro que el nivel de educación y competencias de los siervos de la Parábola distan mucho de los niveles de los profesionales de hoy; sin embargo, algunas modernas oficinas están plagadas de títulos colgados en las paredes, que sólo representan papeles autenticados que corroboran el paso del individuo por las aulas universitarias, en algún momento de su existencia, pero que no pueden dar fe de su grado de competencia actual para enfrentar los retos de un ambiente de negocios en constante cambio, plagado de estratagemas y tácticas de la golosa competencia por hacerse de un pedazo más grande del pastel llamado “mercado”.

Lo que la mayoría de las personas no han comprendido sobre las competencias profesionales es que su desarrollo nunca se detiene sino que es un proceso continuo, es por esto, que se puede haber pasado por una Universidad y adquirido conocimientos, pero eso no implica necesariamente que se tenga la competencia técnica para obtener el resultado en una tarea especializada. Esto es así porque la diferencia básica entre conocimiento y competencia lo da la experiencia; no hay forma de ser competente en algo si no se tiene el dominio real de la tarea y esto sólo se logra haciéndola una y otra vez.

Pero… no sólo de experiencia vive el profesional. Hay otros aspectos que interactúan para lograr estas competencias y son: las aptitudes requeridas ya que si no se tienen la competencia nunca se logrará y la constante actualización del conocimiento del entorno que hoy día es tremendamente dinámico y en constante transformación. Recuerde que usted puede estar realizando la misma tarea durante muchos años y considerarse un experto, más, sin embargo, producir resultados mediocres ya que si no se actualiza el valor agregado en términos de mejoramiento e innovación, es sencillamente nulo.

Y esta es la razón por la que hoy día nos encontramos con una cantidad de siervos que se niegan a entender que se quedaron atrás y en vez de corregir la situación, simple y sencillamente se empeñan en mantener su nicho de poder funcional utilizando estratagemas de desprestigio y de manipulación de información contra aquellos que podrían convertirse en sus competidores, sin comprender, que con estas actitudes no dejan espacio para negociaciones e, irremediablemente, desencadenan los frentes de batalla de los que huyen rápidamente, ya que no tienen capacidad de lucha “cognitiva” y sólo funcionan con emboscadas.    Esta creo que es la lección que he aprendido de uno de mis caudillos favoritos, Aníbal Bárcidas, general y estadista cartaginés, considerado por muchos como uno de los más grandes estrategas militares de todos los tiempos.

La historia de Aníbal es más que interesante. La mayoría lo recuerda por su hazaña de cruzar los Alpes con sus elefantes de guerra para llegar al Norte de Italia y sorprender a Roma. Ahora bien, en esta travesía se dice que Aníbal perdió casi 20,000 hombres y de sus elefantes de guerra se cuenta que sólo quedó uno, en el que bajó montado impresionando a los pueblos locales.

Arriesgado el Fenicio ¿no?  Cuentan que aprendió de Sosilos, el espartano, las letras griegas y la historia de Alejandro Magno y su arte de guerra, quizás de allí su afición a los elefantes. Lo cierto es que así aprendió el razonamiento de los griegos llamado “metis” (en griego antiguo Μῆτις Mễtis, literalmente ‘consejo’, ‘truco’) que se apoya en la inteligencia y la astucia. Por eso concluyó que no debía llevar la guerra al mar donde tenía clara desventaja y prefirió llevarla al centro del territorio romano, por un paso que no vigilaban ya que consideraban imposible de cruzar; además, eran claras sus intenciones de hacerse de aliados a los pueblos enemigos de Roma que encontraría a su paso.

Aníbal combatió a los romanos por más de una década en su propio territorio, librando batallas como las de Trebia, Trasimeno y Cannas donde los romanos perdieron a pesar de tener un mayor número de hombres, gracias a sus tácticas y emboscadas, aprovechándose de la impaciencia de los generales romanos por lograr una victoria antes de concluir su mandato. Aníbal conocía muy bien las instituciones romanas, sus fortalezas y debilidades, por lo tanto, cada una de sus batallas era precedida de un estudio profundo de las posibilidades junto con sus colaboradores. Así mismo arengaba a sus hombres con discursos llenos de motivación y era siempre coherente entre lo que decía y sus acciones. Tomemos en cuenta que esto era toda una proeza dado que su ejército estaba conformado por varias etnias y lenguas. Sus éxitos militares daban por resultado la adhesión de más pueblos a su causa y los romanos no supieron, en su momento, valorar el riesgo que representaba el potencial de su liderazgo.

Cuando venció en Cannas Aníbal se voló a casi el 30% del Senado, tenía Roma a sus pies; sin embargo, decidió no marchar contra la ciudad desaprovechando la oportunidad que muchos historiadores han marcado como el principio de su fin. Esto es interesantísimo, sobretodo porque indica un claro exceso de confianza en que podría vencer de todas formas en un futuro, alejando de sí la oportunidad de someter totalmente a su enemigo. Según él lo sabía todo sobre la guerra y no había nada nuevo, que pudiera truncar su camino a la victoria.  Su ego estaba sumamente inflado al ver como cada día sus huestes aumentaban, gracias a la influecia de un liderazgo mal entendido, ya que lo que sus aliados verdaderamente valoraban era su supuesta capacidad para guiarlos a la victoria contra Roma y no la admiración por su persona. 

Fue entonces cuando los romanos aprendieron de sus propios errores, definieron sus objetivos más en el plano político e ideológico y optaron por no enfrentarlo en grandes batallas, simplemente huían para asediarlo después con escaramuzas. Una guerra de desgaste en la que la paciencia de sus tropas y aliados empezó a decaer y su imagen de invencible se hizo añicos. Siguió ganando algunas batallas pero ninguna le aseguró la derrota de Roma.

Utilizando sus propias tácticas Escipión, el Africano, trasladó la guerra a Cartago y Aníbal tuvo que poner pies en polvorosa y volver a defender su propia tierra. Fue vencido en Zama utilizando a sus antiguos aliados y a sus propios elefantes. Cuenta la historia que los romanos hicieron sonar sus cuernos tan fuertes, que los elefantes se asustaron aplastando en su huida a gran parte del ejército cartaginés.

Aníbal se vio obligado a firmar un tratado de paz con Roma y posteriormente se dedicó a la vida política; sin embargo, su error de no haber tomado Roma le pasó la cuenta cuando los oligarcas lo dejaron fuera de su propia tierra. Libró algunas otras batallas como consejero al servicio de las Prusias. El gran Aníbal terminó suicidándose para evitar ser entregado a los romanos, que nunca olvidaron las vergüenzas que los hizo pasar.

Pues si, mi admirado Aníbal terminó siendo un mediocre, simple y sencillamente porque no supo adaptarse a los tiempos de paz, era un guerrero no un administrador, incapaz de funcionar en los medios políticos. Particularmente pienso que su decisión de no tomar Roma fue más dada por su necesidad de seguir luchando, ya que no sabría que hacer cuando la lucha hubiera terminado. Aníbal prefirió barrer su incompetencia como administrador bajo la alfombra y esperar que el futuro le diera otra oportunidad…….. que nunca llegó.

La lección es clara, los mediocres existen cuando las organizaciones acostumbran a sus ejecutivos y colaboradores a ocultar los conflictos, esperando que así se olviden y desaparezcan. Pero, lo cierto es, que esto nunca sucede, el conflicto irremediablemente reaparecerá, porque nunca fue resuelto, perjudicando a la organización a la hora de obtener resultados.

En el medio profesional, los mediocres, que usualmente no están conscientes de que lo son, se escudan detrás de una personalidad tranquila, de años de trabajo esforzado, incapaces de generar un conflicto y excelentes negociadores, bendecidos por un aura de probada honestidad y listos para ser canonizados por su moralidad a prueba de toda aciaga tentación. Pero son grises, son personas que critican sólo aquello que les afecta, que son incapaces de entender que pueden aprender de otras personas, que generan conflictos al vivir en una constante “rutina defensiva”, que sabiamente traspasan a aquellos que son proactivos y que no temen enfrentarse a éstos para resolverlos.

Un colaborador que sabe cómo se debe hacer una tarea, que cuenta con probada capacidad para llevarla a cabo y, que además la pone en práctica, desarrolla y conforma lo que conocemos como: Competencia. Esto es tan definido y reconocible que no debería ser problema para los demás aceptar que el individuo realice el proceso sin que se genere una batalla; pero, la posible pérdida del poder funcional genera una ansiedad tal en los mediocres, que al igual que Aníbal, sin capacidad de negociar los espacios y objetivos políticos, provocan el Armagedón escudándose en tácticas dilatorias, desprestigiando a sus oponentes y disfrazando estas en esfuerzos negociadores y nuevos proyectos con visos de genialidad, que no son otra cosa que acciones destinadas a ocultar su falta de competencias.

El profesional que se ve enfrentado a esta situación generalmente iniciará asertivamente tratando de cooperar con otros y sacrificando su capacidad de logro en aras de una solución negociada. Pero esto con los mediocres generalmente no funciona y, seguramente, después de meses de frustración se verá abocado a decidir si “avanza sobre Roma o no”, decisión que es sumamente difícil, porque sabe que además de hacerse con la victoria, deberá someter al contrario para terminar con el conflicto, lo que para un profesional serio siempre resulta emocionalmente desagradable.

Es muy importante entender que la ausencia de conflictos en las organizaciones, puede provocar la inercia ya que si no se batalla en el campo del conocimiento se limita la generación de posibilidades, se impide la apertura a nuevos procesos y a formas diferentes de realizar las tareas, lo que provoca que disminuya la eficiencia y la posibilidad de innovar y avanzar a niveles financieros más estables. Así mismo, la presencia excesiva de batallas por el poder funcional produce una dispersión de esfuerzos, no existe la colaboración y, el intercambio fluido de la información que, usualmente resulta vital para el logro de resultados, es errático y se convierte en un arma de ataque solapado.  Si la cultura organizacional no ayuda a que los conflictos se resuelvan de manera negociada y asertiva, a la larga se generará un ambiente de “laissez faire laissez passer”, profundamente nocivo para la generación de competencias en el personal y la obtención de resultados.

Generalmente prefiero siempre evitar las batallas porque creo firmemente que la forma más segura de avanzar en un entorno cambiante, es entender las diferencias y convertirlas en ventajas para todo un equipo de trabajo; pero, cuando lamentablemente me convenzo de que esto ya no es posible, siempre recuerdo la frase de Tito Livio sobre Aníbal: “los dioses son caprichosos y no han concedido a un mismo hombre todos sus dones, Aníbal sabía vencer, pero no sabía aprovecharse de la victoria”.  Quizás así evite que algún día mi epitafio sea como el de su tumba: “Aquí se esconde Aníbal”.


“Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”. (Sun Tzu – El Arte de la Guerra)

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